OBISPO LEONIDAS PROAÑO LA BONDAD DE UN PROFETA

Edgard R. Beltrán

Secretario Ejecutivo del Departamento de Pastoral de Conjunto del CELAM en tiempo del Obispo Leonidas Proaño como Presidente del mismo.

Este obispo tiene la misma sonrisa que mi abuelito. Fue la espontánea reacción de una de mis sobrinitas de cuatro años de edad, cuando vio a don Leonidas entrar a mi casa en Bogotá. Era frecuente que Don Leonidas pasara por mi casa en Bogotá antes de las reuniones del CELAM. Esa comparación de la sonrisa tenía mucho de valor.

Miguelito, mi papá, era la adoración de sus nietos. Claro que también de nosotros sus hijos. Siempre sonriente, siempre bondadoso, nunca alterado, jamás malhumorado, a todas horas cariñoso, atento hacia el otro con increíble sencillez, era más difícil separarse de él que acercársele. A esta sobrinita le sobraba razón en su espontánea comparación. Era algo que se sentía inmediatamente con don Leonidas, como yo lo sentí cuando lo conocí. Era algo que se comprobaba durante una larga y duradera amistad, sin un solo momento de excepción. Fue natural que Miguelito, mi papá, y don Leonidas fueran amigos cercanos. Eran como gemelos de un mismo carácter personal, además identificados en una misma mirada hacia la realidad. Semejantes en edad, mi papá era un discípulo de este amigo profeta. Educadores ambos, mi papá aprovechaba los momentos con don Leonidas para absorber y extraer manantiales de sabiduría de este amigo y de este cristiano. No eran conversaciones teóricas con don Leonidas como maestro barato de frases asalariadas, revisadas mentalmente frente a censuras de “carrierismo” oportunista. Oír a don Leonidas era recibir, envuelta en sonrisa de cara bondadosa y cercana amistad, una sabiduría que lo acompañaría a uno por el resto de la vida. Esto muchos lo sabemos.

Don Manuel Larraín, obispo de Talca en Chile, era Presidente del CELAM. Hombre de amplia educación humanista, cristiano como pocos, obispo miembro activo del Concilio Vaticano II, había sido elegido providencialmente Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano. Su delicada e histórica misión no fue la de destruir lo proféticamente construido. Su misión fue iniciar la construcción profética de una sencilla pero sólida estructura eclesial continental al servicio del pueblo de América Latina desde la Iglesia. Nos habíamos conocido en un congreso mundial de vida rural celebrado en Santiago, a donde fui desde Colombia cuando yo era estudiante Varios años después me buscó en Bogotá. Persona de gran simpatía y atractiva personalidad, me preguntó con sana burla que si yo había visto a san Ignacio de Antioquia o a San Leo Magno, obispo y papa respectivamente que han influido hasta hoy. Le contesté, también simpáticamente burlón, que cuando fui a verlos habían salido….y nos reímos juntos. Don Manuel me dijo entonces, y continuaba riéndose, que si yo había visto a Francisco de Asís. Con risa le dije que me había pasado lo mismo que con los otros, Francisco había salido, pero que el valle de la Umbría me había encantado. Sin cambiar de estilo me preguntó si cuando yo había ido a Chiapas en México había visto a su obispo, el fraile dominico Bartolomé de Las Casas. Me quedé callado, esperando ver a dónde iba don Manuel con tales preguntas. Me echó el brazo al hombro y comenzamos a caminar. En su condición de Presidente del CELAM estaba armando los Departamentos por medio de los cuales se serviría a las diócesis del continente desde ellas, con ellas y para ellas. Un Departamento que le exigía una buena preferencia era el que ayudaría a que toda la acción fuera en conjunto, en comunión, en sana unidad, el Departamento de Pastoral de Conjunto. Me dijo con satisfacción que ya había encontrado al obispo que lo dirigiera, al que se llamaba Presidente del Departamento.

El obispo de Riobamba en Ecuador, don Leonidas Proaño, le había aceptado a don Manuel Larraín esta responsabilidad histórica. Me contó que se habían conocido en las sesiones del Concilio Vaticano II. No fue “amor a primera vista”, pero sí “identificación a primera vista”. Se desarrollaba la primera sesión. Había una seria confusión, se expresaban temores encontrados, algo olía medio mal. Se trataba no de algo particular, ni de un punto de contradicción. El asunto era nada menos que la misma orientación general del Concilio. ¿Tanto esfuerzo de convocación universal, de preparación larga e intensa, de presencia internacional era para mejorar la limpieza de los pisos de los templos y de paso condenar a cuanto se pudiera excomulgar? ¿O era para soplar el polvo acumulado sobre las páginas del Evangelio y para abrir las ventanas de la Iglesia por donde entrara el soplo del Espíritu y desde donde se divisara la realidad actual de un mundo impresionantemente necesitado de un fermento y de una luz y de una sal? ¿Era para volver a condenar a Galileo y a otros “galileitos’ que andaban por ahí sueltos y que había que callar? ¿Era para volver a condenar al padrecito Martín por pedir que la Misa y toda la Liturgia pudieran entenderse en el idioma de cada uno? ¿O era para lograr que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de las personas de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, fueran a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo? El asunto era muy grave y las horas pasaban velozmente. Con su fluido francés, don Manuel hablaba bien cinco idiomas, se acercó a conocidos obispos franceses que compartían la misma preocupación y la misma angustia. Se acercó igualmente a un pequeño grupo de obispos latinoamericano, Como dice el dicho popular “Dios los crea y ellos se juntan”, aquí sería, “Dios los crea y Él los junta como profetas”. Después se fueron juntando obispos de otros países. Lograron redactar un nuevo documento orientador y comenzó el proceso. Lo demás es ya historia. Uno de esos obispos latinoamericanos fue el obispo de Riobamba en Ecuador, don Leonidas Proaño. Había nacido una amistad, una solidaridad y una acción pastoral de conjunto entre ellos dos y entre todo ese grupo de obispos conciliares que el Señor construyó para cambiar la historia.

Pues, mi querido Edgard, me siguió conversando don Manuel, don Leonidas es para mi la continuidad de esas personas que te pregunté si habías ido a visitar. Nos pusimos así a compartir lo que Ignacio nos dejó en sus siete cartas que escribió en su viaje cuando iba preso a Roma. Nada de obispo sin su pueblo. Recordamos la lapidaria frase del Papa León Magno. La gloria de Dios es el hombre. Palpamos de nuevo la sencillez del poverello de Asís, Francisco, y su deseo práctico de renovar la Iglesia. Compartimos la llama interior que devoraba al fraile dominico obispo de Chiapas, Bartolomé de Las Casas, tanto en la incansable defensa como en la edificante educación integral de las comunidades de los nativos. En todo momento noté una seria convicción en don Manuel manifestada con admiración y entusiasmo. Sinceramente quedé sorprendido. Le dije que sería bueno conocer a don Leonidas. Una presentación como esta pocas personas la merecen tanto por lo que se dijo como por la eminente personalidad que lo dijo. Le agradecí si me lo presentaba cuando él viniera a alguna reunión en Bogotá. Admiré la lealtad de don Manuel con sus hermanos obispos y esperé que me continuara comentando sobre otros más. Sabía yo bien que estaban apareciendo más y más obispos muy valiosos, gigantes en su compromiso innegociable con este nuevo modelo de ser Iglesia. Don Manuel detuvo el paso y me miró.

Quiero que conozcas a Don Leonidas, me dijo don Manuel. Ese es mi gran regalo para ti. Pero mi petición para ti es que quiero que le colabores como Secretario Ejecutivo del Departamento de Pastoral de Conjunto que él va a dirigir como su Presidente y vamos a trabajar muy de cerca porque ese Departamento y don Leonidas mismo estarán muy cerca a la Presidencia, no por relación personal solamente sino por funcionalidad eclesial y estructural.

Cuando conocí a Don Leonidas fue una tarde a la entrada del edificio de la Avenida América en Quito donde se daban unos cursos de formación. Me saludó como si nos hubiéramos conocido siempre, con sonrisa delicada en su cara, con voz suave, pausada y lenta, con sencillez y natural espontaneidad, elementos de una inmediata y caluroso amistad. La referencia de don Manuel a esos gigantes de la historia para delinear a don Leonidas era muy acertada y sabiamente combinada. En muchas ocasiones y de muchas maneras y por muy largo tiempo lo fui comprobando y profundizando. Don Manuel, quien viajaba, más que Pablo, al servicio de América Latina en su calidad de cristiano latinoamericano y de obispo de un nuevo modelo de Iglesia, fue llamado por nuestro Padre y Señor de la historia a su casa cuando iba por una oscura carretera camino al aeropuerto en un accidente de automóvil. La última conversación con don Leonidas la tuve cuando él enfermo de cáncer viajó a Nueva York. Me llamó desde su residencia. Como la conversación de larga distancia se alargaba, le propuse que colgáramos y yo le llamaba para que no le resultara tan caro. Me dijo con amabilidad que siguiéramos hablando. Conversamos así por hora y diez minutos. Yo no sabía de su enfermedad. Él no me lo mencionó. Él sabía que no volveríamos a hablar. Yo sin imaginarlo conservo sus palabras como su testamento para mí, esa voz pausada y calurosa la tengo muy presente. Me preguntó mucho sobre la realidad de los Hispanos en Estados Unidos. Cuando la Conferencia Nacional de Obispos Católicos de Estados Unidos me invitó a colaborar con los Hispanos a nivel nacional desde Washington DC, don Leonidas me animó a aceptar esta invitación. Ahora deseaba saber más sobre esta realidad. Sentí que le dolía tanto dolor, cada dato nuevo era nuevo dolor para su corazón. Me confesó que no había imaginado jamás que este doloroso víacrucis existiera. Cada pregunta suya no era la curiosidad de un investigador social, era la inquietud de un padre y de un hermano que va descubriendo en el otro un nuevo dolor y lo va haciendo suyo y lo siente hasta el alma. Al final y con voz muy dulce hizo memoria de Miguelito, mi papá y su amigo. Me dijo que yo continuara sirviendo al necesitado con la misma entrega y el mismo compromiso que él me había conocido y que ahora en nuestra conversación había vuelto a sentir. Me comentó que había comprendido que el pobre de un país rico es el más dolorido de los pobres. Me expresó muy convencido que el pobre del país más rico es el más llamado a ser fermento de un cambio mundial. Momentos antes habíamos dialogado sobre esto. Con voz muy cariñosa terminó diciéndome que en pocos días regresaría al Ecuador, ahora entiendo que me quiso decir que en poco tiempo moriría….Y animando su voz me felicitó por el entusiasmo apostólico que él veía que yo conservaba y me animó, con un tono de voz que desde entonces siempre me sigue acompañando, a seguir hasta el final al servicio del pobre. Finalizó aclarándome, como tranquilizándose él y tranquilizándome a mí, que el pobre nos acompañará cuando nos presentemos al Padre. Y enviándome un abrazo lleno de cariño para mí y para mi familia, colgó. Cuando me informaron de su ida a la casa del Padre, me imaginé, casi que vi y oí, la algarabía que armaron en la puerta del cielo esos miles de pobres con Jesús y su Mamá a la cabeza para recibir a su San Leonidas.

Esa suavidad y dulzura de carácter enmarcó su vida de profeta. El Dios que le dio esa bondad, ese mimo Dios lo hizo su profeta.

En Baños, Ecuador, a la sombra de sus lindos nevados, hicimos una primera reunión latinoamericana. El tema era de suma importancia y de urgente necesidad. La unidad pastoral de la Iglesia en América Latina, la Pastoral de Conjunto. Convocados por el CELAM, un grupo de expertos en el tema trabajaron desde la realidad. Reunidos obispos con expertos y expertos con obispos, lejos de recelos y en comunión eclesial, a partir de ver la realidad de la gente alimentaron una reflexión desde la fe con la incipiente ayuda de los resultados del Concilio Vaticano II. Al final de varios días se delinearon algunos compromisos de acción. Era el ver, juzgar, actuar, como método de los signos de los tiempos para ver la realidad que nos exigía ayudar a transformar desde dentro, según las exigencias de Jesús y con una acción consecuente con esa realidad. Este modelo fue una acción profética que el CELAM desde esa época impulsó. Esta reunión eclesial en Baños fue presidida por don Manuel Larraín y por don Leonidas Proaño. Fue la única de esta clase para don Manuel. Unas semanas después fue llamado por el Padre a su casa en el triste accidente de automóvil camino a un aeropuerto.
En la preparación a la Conferencia de Medellín, don Leonidas mostró su incansable compromiso, fueron muchos meses de intenso trabajo. En la realización de la conferencia, Don Leonidas tuvo destacada presencia profética. Fue encargado de la ponencia sobre “Coordinación Pastoral”. Su tono suave de voz pero tremendamente fuerte y profético en sus expresiones influyó definitivamente en la franqueza evangélica que caracteriza a esta Conferencia de Medellín. Con valentía, propia sólo de los profetas, describió como testigo presencial deformaciones dentro de la Iglesia que exigían y clamaban por una inexcusable reforma. “Mi descripción estará hecha con tintas y colores de mi propia paleta”. Fueron pinceladas duras pero verídicas, de vergonzosos hechos perpetrados por la Iglesia a la que él amaba y deseaba ayudar a curar, y pinceladas de acciones contra los pobres por cuyo amor preferencial había consagrado su vida y estaba dispuesto a dar su muerte. Las “Conclusiones” recogieron esta visión en el Documento 15 redactado por la Comisión 9 presidida por otro ecuatoriano, don Pablo Muñoz Vega. Allí también aparecen “oficialmente” las “Comunidades de Base”. - A partir de la Conferencia de Medellín se impulsa lo que siempre he llamado como la época epifánica pos-conciliar.

Uno de sus profetas incansables de esta época epifánica pos-conciliar fue don Leonidas. Junto con su equipo de obispos del Departamento de Pastoral de Conjunto, seis en total de diferentes países, y con el personal del mismo Departamento, se inicia una marcha sin descanso. En comunión con la Presidencia del CELAM y con los demás Departamentos se impulsa ese servicio de cooperación a la transformación de la realidad de América Latina a luz de la Buena Noticia de Jesús, su Evangelio, y a la luz del Concilio Vatuicano II. Fieles a la realidad se van descubriendo prioridades. Se escoge una prioridad, se ve en sí misma y en su contexto. Luego se inicia una reflexión a la luz del Evangelio y del Concilio. Con esto preparado se escoge un lugar y una fecha para reunir a obispos y a expertos en dicha prioridad. Como fruto de esa reunión se buscan compromisos de acción para ayudar a transformar esa realidad prioritaria. Después se hace una publicación para compartirla con todo el pueblo latinoamericano como un llamamiento hacia una comunión eclesial solidaria de acción transformadora. Es el modelo iniciado en Baños por esos dos profetas Don Manuel y Don Leonidas.

Esas reuniones proféticas fueron múltiples y providenciales, cada una iluminó en su realidad no sólo a la tierra de América Latina sino que se proyectaron a nivel de Iglesia Universal. Misiones, en Melgar-Colombia, cambió la visión de la pastoral misionera. Vocaciones, en Lima, amplió el concepto vocacional para toda persona. Acción Social, en Mar del Plata-Argentina una, y otra en Salvador de Bahía-Brasil, insistió en la obligación de la Iglesia de cambiar de posición para estar dentro del pobre, aunque sus antiguos amigos se disgusten y la persigan. Universidades, en Buga-Colombia, en donde se retoma el fuerte testimonio de don Leonidas en su ponencia en Medellín sobre la escuela católica elitista y se busca la esencia católica de la Universidad. Diaconado Permanente, en San Miguel- Buenos Aires, en donde se analiza que su reactivación tal vez ya cumplió su función, la de humanizar el nivel clerical. De ahí en adelante tal vez esté impidiendo que la Iglesia tenga que enfrentarse a una nueva realidad del ministerio presbiteral. Pastoral de Conjunto, en Río de Janeiro, complemento de la de Baños, en donde se afirma proféticamente que “la Iglesia es esencialmente una comunión. O responde en comunión o no responde en Iglesia. La respuesta de la Iglesia debe ser comunitaria, esto surge de su misma esencialidad. En comunión debe esperar, vivir, sufrir y orar.”

Se le dio prioridad a la formación de agentes de pastoral. IPLA, Instituto de Pastoral para Latino América, en Quito, con cursos de un año. Después se redujo a seis meses para poder recibir más participantes. Don Leonidas puso todo su sentido profético para descubrir e invitar a los mejores elementos como profesores. Con estos se fue formando un amplio equipo de reflexión inter-disciplinar que colaboró grandemente en la configuración del pensamiento latinoamericano y en la formación de otros equipos de reflexión. Se colaboró con el Instituto de Liturgia en Medellín y de Catequesis en Manizales-Colombia. Con la colaboración económica de Estados Unidos se cooperó en la formación de varios Institutos Nacionales en diversos países de América Latina.

Un esfuerzo profético singular fue la organización del CURSO PARA OBISPOS de un mes completo de duración. El único caso en la historia de la Iglesia hasta ese momento. Se hizo uno en Medellín con 58 obispos de todos los países de América Latina y con 16 expertos de tiempo completo. Los obispos de América Central pidieron otro para sus hermanos de allí y lo realizamos en Antigua Guatemala para 32 obispos con 15 expertos igualmente de tiempo completo.

Varios episcopados solicitaron nuestra colaboración para celebrar Semanas Pastorales. Don Leonidas siempre apoyó esta colaboración. Se preparaban con procesos de participación de varios meses, se realizaban durante una semana, se proyectaban hacia el futuro como presencia transformadora de una Iglesia profética. El mártir Rutilio Grande de El Salvador salio de una semana allí para ir a IPLA en Quito y en especial a Riobamba con don Leonidas. Imitando a don Leonidas se encarnó en el pobre. Fue martirizado en su parroquia rural. De este modo influyó en la conversión de San Romero.

Las religiosas y los religiosos iban al frente en su compromiso profético de este nuevo modelo de Iglesia. Don Leonidas siempre apoyó toda colaboración tanto a nivel nacional como a nivel latinoamericano. Esta colaboración se amplió para extender esta comunión a nivel continental con Estados Unidos y Canadá. Con CICOP se logró hacer llegar la voz profética de la Iglesia en América Latina a los sectores dirigentes de Estados Unidos, con un fruto bastante interesante y constructivo. Con las Conferencias Episcopales de Estados Unidos y de Canadá el CELAM tuvo varias reuniones que junto a una comunión del “Afecto Colegial entre Obispos” se compartía un tema de profundidad siempre presentado por personal del CELAM y en especial del Departamento de Pastoral de Conjunto.

Pasó un tiempo y este ritmo ya no fue el mismo. Pero a muchos nos hacía falta volvernos a ver, seguirnos apoyando en sana hermandad eclesial. No era fácil. Don Leonidas abrió su casa. Su bondad de persona nos recibiría y su sentido profético nos ayudaría. Todos llegamos como viejos amigos a conversar de un pueblo que amábamos y de una Iglesia de la que éramos piedras vivas. Llegaron 19 obispos entre los cuales los cuatro obispos hispanos que había en los Estados Unidos. El primer obispo hispano Patricio Flores. El primer arzobispo Roberto Sánchez. El obispo Gilberto Chávez, auxiliar de San Diego y el obispo Juan Arzube, auxiliar de Los Angeles, nacido en Guayaquil y pariente del alcalde de aquella ciudad. Estaba Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la paz, y un grupo de una veintena de amigos. Fueron días de inolvidable convivencia y amistad, parecía la ambientación del Tabor para desear permanecer allí. Era el atardecer del tercer día, como a las cinco de la tarde, como diría García Lorca. En la sala de reuniones sólo estaban los obispos y otro pequeño grupo. Vimos que don Leonidas se puso de pie y con paso rápido se dirigió a la puerta que tapó con su cuerpo. El vio primero y nos cubrió. Frente a él había un grupo de unos 30 hombres vestidos de civil pero con armas en la mano. No teníamos ni idea de qué acontecía. Uno de ellos preguntó con voz fuerte por el obispo Proaño. Don Leonidas se identificó. Yo soy, aquí estoy a la orden, pero no toquen a los demás porque son mis amigos y mis invitados. Por sobre don Leonidas pasaron los hombres y se identificaron como policías del gobierno ecuatoriano. ¿Serían o no serían? Eran tiempos cuando muchas cosas increíbles podían suceder. Nos declararon presos. Nos sacaron, revisaron nuestros papeles y nos encaminaron a un bus grande. Allí ya estaban unas muchachas empleadas de la cocina y otros amigos que no estaban en el salón de reuniones con los obispos, como Adolfo Pérez y uno de sus pequeños hijos. Dos o tres que estaban en el tercer piso descansando en un juego de ajedrez ni se dieron cuenta. Lleno el bus con todo el grupo de “presos” y de “policías”, el vehículo se puso en marcha. Al rato los que conocían nos dijeron que íbamos para Quito. Un poco más adelante el bus se detuvo y sacaron a don Leonidas. Nos miró con una profunda tristeza y salió. Eran tiempos cuando todo podía ocurrir. ¿Nos volveríamos a ver? Lo subieron a un auto negro que marchó a gran velocidad. Apiñados por la falta de espacio alguien entonó ese lindo clamor a María “Ven con nosotros a caminar, Santa María ven….” Los tales policías comenzaron a inquietarse y a preguntarnos quiénes éramos. Cuando supieron que había sacerdotes se asustaron más. Nos comentaron que estaban en pie y sin comer desde la tres de la mañana para una operación muy peligrosa contra estudiantes comunistas agazapados y armados en las instalaciones del obispo de Riobamba. Al parar en Ambato a echar gasolina, una de las muchachas de la cocina escribió un papel que entregó con disimulo a uno de los muchachos de la gasolinera para que avisara al obispo de la ciudad lo que estaba sucediendo. Cuando llegamos a Quito nos llevaron a una estación de policía. El edificio era un antiguo seminario del filosofado de los jesuitas. No queríamos salir del bus hasta que nos dijeran dónde y cómo estaba don Leonidas. El obispo Bogarín de Paraguay, con experiencia en estas circunstancias, hizo pasar la voz de que era mejor obedecer para no dar motivo a peores acciones por desobedecer. Entramos cantando la misma plegaria del “Ven con nosotros….” Llevados a un inmenso salón, ya como a las diez de la noche, volvimos a insistir en ver a don Leonidas. El oficial nos respondía con un silencio y una sonrisa burlona. Imaginábamos lo peor. Como a las doce de la noche se encendió una ventana al frente del salón y apareció don Leonidas por unos momentos. Nos sonrió desde allá, con una sonrisa discreta y dolorida que nos trasmitió paz y serenidad. Nos comunicó ese sentido que tiene el profeta de estar capacitado para aceptar las consecuencias inevitables de acciones que se tuvieron que asumir y que en la lógica del conflicto nos hacen pagar muy caro el haber apostado por la causa en la que creemos. Don Leonidas levantó discreta y suavemente su mano como saludo y apagaron la luz de la ventana. No supimos más de don Leonidas. Como a la una de la mañana alguien logró que el sargento de turno le regalara un pedazo de pan porque tenía mucha hambre y que le diera un poquito de vino para uno de nosotros que lo necesitaba para subir la presión porque se sentía un poco mal. Cuando el sargento salió celebramos la Eucaristía. Sin cantos para no levantar sospechas. Sin música porque la alabanza al Padre era nuestra prisión por querer a sus pobres. Sin Biblia porque cada uno fuimos sacando del corazón alguna palabra que salió un día de los labios de Jesús. La migaja del pan eucarístico que recibimos nunca la habíamos partido, compartido, repartido como en aquella madrugada. Jesús nunca había sentido que lo queríamos tanto como en aquella Cena. Los pobres, en especial los de América Latina, nunca han llegado a saber hasta donde los amamos y hasta donde estamos dispuestos a llegar por ellos. La Iglesia, cuyas piedras vivas somos, tal vez no imaginaba hasta donde Dios nos puede ayudar a representarla. Don Leonidas sí supo después hasta dónde lo queríamos y hasta dónde nos unió la preocupación hecha plegaria por su vida en peligro y su servicio profético.
Qué regalo nos ha dado da Dios en la bondad de su profeta, San Leonidas Proaño.

Enviado por sicsalecuador el Dom, 2008-08-31 22:39. categories [ ]